lunes, 13 de abril de 2009

••Primeros recuerdos olvidados

Ya ves que a mi me gusta ver como se mueve el abuelo de un lado para otro dentro de su casa. Si no está arreglando carros está cocinando, o regresa del mercado en bicicleta, juega con sus gatos o con nosotros, sus nietos. Esta vez estaba algo raro, desde que llegué a saludarlo se quedó sentado en el sillón ancho, frente a la televisión apagada. El periódico seguía doblado en la mesa de centro, la radio encendida y los gatos jugando entre nuestros pies.

-Cómo estás, le pregunté, te ves raro.

No se veía enfermo, cansado o deprimido, estaba más bien distraído, con los ojos pegados al televisor apagado.

-Bien, me dijo y empezó a hablar solo. Siento algo bien extraño, como si de pronto recordara algo olvidado.

Pensé que se refería a algo que olvidó comprar en el mercado.

-Tal vez olvidaste comprar algo, o darle de comer a los gatos, ¿fuiste por la leche?

No me escuchaba ni me hacía caso, parecía pensar en algo importantísimo, de vida o muerte, y todo lo que lo rodeaba carecía de importancia, incluso la comida, los gatos y yo mismo. Me quedé callado, resignado a escuchar sus soliloquios sin intervenir para nada. Continuó:

-Igual de niño, cuando después de abrir todos los regalos, sintiéndome satisfecho, encontraba un obsequio escondido debajo de la almohada.

No sabía de qué me hablaba, pero eso de los regalos lo entendía perfectamente. Aunque poco, empecé a comprender el sentimiento del abuelo, y me quedé pensando en regalos.

-O cuando era joven y llegaba a casa por las tardes, después de la escuela, y recordaba el papel doblado en 4 que me había entregado ella en secreto. O de adulto, cuando encontraba la ropa interior de ella tirada afuera de mi habitación y la puerta entreabierta, al llegar de un largo viaje. Es un sentimiento tan extraño que me hace pensar que en algún lugar aún hay algo escondido para mí, y esperándome. Me motiva, me dan ganas de llegar a la noche, de amanecer vivo al día siguiente, de buscar por el mundo lo que alguien ha dejado para mí.

No me gustaba el tono en que el abuelo decía todo esto, parecía de verdad algo importante, pero en lugar de asustarme o preocuparme me emocionaba estar presente en un momento tan importante para él, me agradaba la idea de saber lo que sentía el abuelo sin tener que decir nada, sólo quedándome quieto y en silencio, sin interrumpir. Pensé que lo que seguía iba a ser algo muy intimo, oscuro, tenebroso e impactante acerca de su vida. Me sentía impaciente y sentí ganas de motivarlo a seguir hablando, de preguntarle cualquier cosa para que me contara todo, pero él se tomaba su tiempo para reflexionar, para recordar y pensar dentro de sí. Solo se escuchaban los maullidos de los gatos a nuestros pies, como si quisieran también contarme lo que sabían del abuelo, o tal vez se sentían igual de ansiosos por conocer los secretos de su amo. Se movían de un lado a otro, haciendo mas tenso y largo el momento. Pasaron algunos minutos, que bien pudieron ser horas, y el abuelo continuó:

-Esta vez busqué en cuadernos viejos y después de pasar unas hojas encontré lo que era mío. Algo que había escrito hace tiempo, dirigido hacia mí, que no recordaba y que me pareció leer por primera vez.

Silencio de nuevo. En la estufa hervía una olla con agua y en la radio sonaban Los Panchos, la televisión apagada reflejaba la figura del abuelo sentado en el sillón ancho, ensimismado y en silencio.

-Dime más abuelo, susurré, con un sonido más débil que el maullido de los gatos

Me pasó un cuaderno muy viejo y me hizo abrirlo en una hoja doblada. Yo leí lo que estaba escrito, apagué la radio y encendí la televisión. Los dos tomamos café.